Opinión

Más allá de hacer composta

En el corazón de toda práctica de huerto, ya sea comunitario o familiar, se encuentra una acción necesaria, sencilla pero profunda: la elaboración de composta. Más que un acto técnico, es un ritual de encuentro, organización y cuidado mutuo que a menudo pasa desapercibido, subestimado por su aparente sencillez. Pero en esa mezcla de residuos orgánicos y minerales, está el inicio de lo que podemos llamar un contrato social vivo. Aristóteles nos mostró que los humanos somos por naturaleza, animales políticos, (zoon politikón), seres sociales que nos distinguimos por nuestra capacidad de razonar y organizarnos para buscar el bien común y alcanzar la plenitud de la vida. 

En el huerto Semilleros del CBTis 49 esta filosofía se vuelve tangible. Cada tarea, desde traer las herramientas hasta saber batir la composta, no solo es necesaria sino un acto de cooperación y autogestión. Las sencillas preguntas que surgen como —¿quién batirá la composta hoy?, ¿Quién nos apoya trayendo las herramientas?— se convierten en diálogos de organización y corresponsabilidad. Entre risas y alboroto, se establecen reglas y acuerdos que reflejan no solo la horizontalidad requerida, sino la práctica misma de la democracia en lo cotidiano. 

Este entramado de negociaciones y decisiones colectivas es el reflejo de un intercambio racional en el que todos ganan: desde la salud renovada del suelo, las plantas que inician su desarrollo y la satisfacción que surge del esfuerzo compartido, así como el alivio tangible de reducir la basura y el gasto en la disposición tradicional del manejo de residuos.

Hacer composta, entonces, es surcar la comunidad, es un aprendizaje que va más allá del huerto y que podría inspirar otras formas de vida colectiva, donde el acto cotidiano se vuelve político, aquí el acto agrícola es el suelo nutriéndose de una organización que nos invita a repensar cómo convivimos con la naturaleza, y cómo podemos construir juntos el mundo que queremos, empezando por lo más cercano y concreto, en nuestros hogares con nuestro alimento. 

Así, la composta no es solo nutrientes para la tierra, sino la materia prima del inicio de un tejido social renovado, hecho a mano, con paciencia y esperanza. Las preguntas brotan constantemente en este espacio vivo ¿Y sí creciera el huerto a más espacios dentro de la escuela?, ¿Y sí surgieran más huertos comunitarios en Ocotlán?. Más allá de la composta, sembramos confianza, diálogo y horizontes compartidos de que otros mundos son posibles. Esa es la verdadera cosecha.

Autora: Marlen Ayala.

Etiquetas

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenio protegido
Cerrar