Jalisco

Alumbrar en la oscuridad

Decisiones.- Son las 5 de la tarde y la luz del sol inunda la farmacia en donde trabaja Lucy, quien sentada en un pequeño escritorio al fondo, recuerda con satisfacción la historia acerca de cuando su mundo cambió y se nombró: Valentina.

Lucy tenía problemas relacionados a quistes en los ovarios, por lo que sus dos meses de retraso no le parecieron fuera de lo normal, pero fue su madre quien le recomendó hacerse estudios. Ella tenía miedo de que se tratase de algo grave, por lo que se tardó en obedecer la orden y para cuando la acató se dio cuenta que no era sólo un retraso: estaba embarazada.

“Sentí mucha emoción”, recuerda. Lucy no creía que pudiera estar embarazada, hasta que un ultrasonido se lo confirmó, y la sorpresa y felicidad se adueñaron de ella, pues debido a sus problemas de salud nunca lo había creído posible. A los cuatro meses se enteró que esperaba una niña y su intuición ya se lo había predicho ya que ella siempre lo sintió así.

A los cinco meses Lucy se separa de su pareja, padre de su hija y es así como el nombre de Valentina llega a su vida. “Para mí ella fue una niña muy valiente”, señala, pues logró salir adelante a pesar de los bajos aspectos emocionales que su madre sufrió. Posterior a ese episodio, fueron sus amigas quienes estuvieron más presentes, incluso se encargaron de organizar su baby shower, “fue bien bonito”, recuerda.

El 14 de junio, Lucy comenzó con cólicos, pero los especialistas con quienes acudió le explicaron que sólo tenía dos centímetros de dilatación y que debía volver a casa. Dos días después por la noche, empezó a sentir dolores más fuertes, “Sentía miedo y emoción a la vez”, acudió de nuevo al hospital donde le dijeron que tenía ya cuatro centímetros de dilatación, por lo que le recomendaron caminar para ayudar al proceso.

“Ese día había muchas embarazadas (…) no podían atendernos a todas en el momento”, y además comenta que sólo había dos especialistas del área de ginecobstetricia. Lucy estaba preparada para un parto normal, pues eso había sido lo planeado hasta ese momento, y entre tantas personas, se sentía desesperada, “Yo sentía que no me hacían caso (…) dije que, si no me iban a atender, me dieran una hoja en donde yo pudiera salirme y atenderme en otro lado”.

Enfermeros fueron los encargados de revisar su dilatación y Lucy recuerda con amargura lo que vivió: “Fueron muchas veces las que me checaron, que me lastimaron”. Después de que pasaron a todas las pacientes, le colocaron el fetoscopio y se dieron cuenta que los latidos de Valentina eran bajos, por lo que pasaron a Lucy de inmediato a quirófano, donde el 17 de junio de 2021, nació su hija.

Su recuperación fue difícil, dado que su cicatriz no sanó pronto, dejando una marca pronunciada en su estómago, posterior a esto la explicación que se le dio fue que su cuerpo “había rechazado el hilo”. A pesar de esto, y de las incomodidades que vivió Lucy, Valentina está a punto de cumplir un año, y su madre asegura que volvería a pasar por lo mismo, si lo tuviera que hacer por su hija.

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“Dicen que es ilógico, pero yo me acuerdo recogiendo a mi niño (del piso)”.

Las risas de su hijo menor jugando fuera con sus amigos, es el único sonido que alegra la casa, donde Erika, sentada en su pequeña sala, cuenta una de las experiencias más abrumadoras de su vida: el día que recibió en sus brazos a su hijo Daniel.

Con los típicos síntomas de un embarazo y con dos experiencias anteriores, Erika se enteró que estaba embarazada y que tenía dos meses. Su embarazo fue tranquilo, sin complicaciones mayores. A los siete meses, se enteró que sería un niño, no lo esperaba, pues con dos hijas mayores, creyó que su descendencia sería solamente femenina. “Mi esposo si se emocionó (…) después de dos niñas”, lo considera como su mejor recuerdo de ese embarazo.

Con tranquilidad, recuerda que el 4 de octubre de 2009, comenzó a sentir los dolores que anunciaban la llegada de su hijo, sin su esposo en casa, comenzó a caminar a la casa de su madre y de regreso. Alrededor de las 12 de la noche, Erika acude al hospital, donde el doctor en guardia le comenta, sin informarle como tal su estado, que “todavía le hacía falta mucho”, y que mejor regresara a casa, pues su labor de parto no comenzaría -según sus cálculos-, sino hasta las 9 o 10 de la mañana.

Incómoda, Erika regresó a su casa, y aún con la pesadumbre de sus molestias, tomó un baño y se puso una bata, hasta que, alrededor de las dos de la mañana, sintió contracciones aún más fuertes, por lo que despertó a su esposo para que acudiera con su suegro y pudieran llevarla al hospital, y él, salió corriendo.

Y aquí comienza lo inaudito; de estar acostada en su cama, Erika se levanta con esfuerzo y sucede lo inimaginable: nace Daniel. “Yo me acuerdo que el niño lo recogí” (del suelo), recuerda, pues fue ella quien lo tomó en brazos y lo llevó hasta un canasto donde tenía sábanas y cobijas dobladas, tomó una sábana pequeña y con esta comenzó a limpiar a su bebé.

Con toda la impavidez que sólo Erika sabe de dónde salió, tomó el teléfono y llamó a su hermano para decirle que volviera junto con su marido lo más pronto posible, que el bebé ya había nacido. “Llegó descalzo (su hermano)”, recuerda.

Posterior a esto, llamaron a un doctor que vivía cerca de su casa, quien aceptó atenderla y fue el encargado de retirar la placenta y hacer lo correspondiente para la seguridad de Erika y su hijo, después, la envió al hospital.  Al llegar y bajar del vehículo y como si se tratase de una historia de horror, le comienza una hemorragia. “¿Y por qué viene toda llena de sangre?”, fue lo primero que le dijo la enfermera que la recibió.

“Voy a creer que sabiendo que era el tercero no sabía que se iba a aliviar”, a lo que Erika replicó que justo por esa razón había acudido horas antes, y la atención le había sido negada. Después de esto la ingresaron y la atendieron, y para complicar más el martirio, los encargados de la salud pidieron a la madre de Erika salir a comprar unas inyecciones de medicamento, pues no las tenían y debían comprarlas.

Erika recuerda que quienes la atendieron hicieron todo lo posible para hacerla sentir culpable al respecto, después de explicar lo que había sucedido, incluso una de las enfermeras le recomendó “operarse” (ligarse las trompas). Fue hasta que otra mujer del personal de salud platicó con ella, haciéndole saber que eso sólo debía ser su decisión y no tenía por qué influenciarse por nadie. Decidió no hacerlo (y también recibió quejas por ello).

Debido a la situación, y por obvias razones, el bebé estuvo en observación por un rato; Erika moría por verlo, sin embargo y debido a la hemorragia, su estado anímico no era el mejor, y la atención de las enfermeras no ayudó tampoco: “Si quiere ver a su hijo levántese a caminar para que vaya a verlo”. No sabe de dónde sacó las fuerzas, pero logró hacerlo, acompañada de su suero y el gran amor de mamá.

La llamaron incluso “inconsciente” por haber dejado caer a su hijo, “fíjate lo que hiciste”, le decían. Los doctores además la advertían de cualquier problema posterior que pudiera ocurrir después del incidente en su bebé; y más allá de tranquilizarla, Erika se llevó casi un mes sin dormir bien, por no querer perder de vista ni un segundo a su hijo, quien hoy tiene 12 años y vive como un niño normal.

En 2020, 159 quejas en relación con negligencia médica en el área de ginecobstetricia fueron atendidas y concluidas en México, de las cuales 74 fueron relacionadas en atención a partos, según datos de la Comisión Nacional de Arbitraje Médico (CONAMED).

Lo que conmociona a estas mujeres y a más de alguno también, es la irrelevancia con la que se escuchan los casos, pues hay quienes aseguran que “no todos son así”, sin embargo, el cambio se logra hablando, de lo que nadie habla.

“No lo volvería a pasar”, concluye Erika.

Autora: Nadia Elizabeth Barajas Guzmán

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