Opinión

¿Para qué ocio?

Decisiones.- Dalí plasma en “La persistencia de la memoria” un tipo de absurdo entrañable; el sueño manifiesto de la muerte del tiempo, ese enemigo silencioso y escurridizo que recorre inevitablemente su propia e interminable marcha. Decadente y nada improvisado, el tiempo funda la rutina, y con ella, la incontenible muerte de sus criaturas.

Otium le llamaban los romanos al tiempo que las personas dedicaban a sus actividades preferidas, alejándose del negotium, aquellas otras que consistieron en las actividades necesarias para subsistir, es decir, las obligaciones diarias para obtener alimento. No es raro, entonces, que los “negociantes” y mercaderes fueran despreciados –tradición que ha perdurado en cierta forma- por los artistas y pensadores otrora tiempos. El Otium, trasladado al castellano como ocio, a diferencia de Roma en un agosto cualquiera, es una condición mal vista en nuestros días, tal cual fuera una distinción entre lo que se quiere hacer y lo que se tiene que hacer. Irremisiblemente el ocio deriva de la libertad, y esa condicionante es molesta, intransigente al orden y a lo establecido: Solamente los “exitosos” pueden y deben tener acceso al ocio, la libertad es desesperante y las más de las veces no se sabe que hacer con ella.

La obligación del “ser” y el “deber ser” está tan impregnada en la conciencia que emerge naturalmente en una exigencia estructural que fuerza la elección entre ambas hacia la segunda, un “deber ser” insostenible que socialmente moldea a imagen y semejanza a los hijos del desarrollo mecanicista, que cosifica a las personas y que irrumpe en una “necesidad” constante para definir y controlar las situaciones para que no se salgan de control. No es nada raro, ni me parece raro, que desde su ingreso a los estudiantes del nivel superior se les exija actuar y corresponder al modo de sus profesores, siendo educados por imitación, redimidos a las actuaciones socialmente permitidas –incluso, en la forma de vestir, como si usar traje no fuera ya incómodo- y los errores cometidos. Se insiste en entender ese perpetuo y perplejo “deber ser” –sin lograrlo entender- y damos por verdadero que la actividad productiva es el único e indispensable motivo para motivar la acción humana, no se diga ya en derecho, no se diga en la existencia.

Dalí persiguió la expresión material de los sueños. Así en cuenta los artistas y productores de inmortalidad. El ocio es quizá la fuente principal de felicidad, o por lo menos, el mejor sedante para subsistir. ¿Venía a tema? No. Óbice, fue placentero responder la pregunta de un alumno que aún se resiste a entender el establecimiento de una cuestión tan importante y preocupante de un sistema jurídico que manifiestamente marca diferencias entre los humanos y obliga a las personas a definirse, dejando de lado a la brutal y casi incontenible pregunta básica y vital del “ser” o el “deber ser”. Rebeldía, le llaman algunos a esos cuestionamientos. Sinceridad, la definimos otros.

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Germán Sadday

Abogado por la Universidad de Guadalajara (U. de G.). Cuenta con estudios de posgrado en Filosofía, Ciencias Sociales y Ciencias Políticas por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y la U. de G. Actualmente cursa la maestría en Derecho Corporativo y del Trabajo en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) en la U. de G. En algunas universidades privadas y públicas se ha desempeñado como docente en materias como Derechos Humanos, Filosofía del Derecho y Amparo. Participó como líder estudiantil en la Federación de Estudiantes Universitarios y tiene experiencia en la administración pública. Actualmente es abogado postulante.

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