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Nuestra sociedad antes y después del coronavirus

Decisiones.- La pandemia causada por el coronavirus, histórica, por haber tenido nada más y nada menos que la fuerza de detener al mundo, nos ha obligado a hacernos dos preguntas fundamentales: ¿cómo estábamos antes de la pandemia?  ¿cómo queremos estar después de la pandemia? 

    

Explico. La situación de emergencia por el coronavirus nos ha obligado a reconocer cómo estábamos, como sociedad, viviendo antes de la pandemia: con un contrato social roto y la promesa generacional cada vez más como un buen deseo que como una realidad.

La llegada al poder del presidente López Obrador fue, sin duda, un reflejo del enorme descontento con un sistema de corrupción y compadrazgo que procuró el bienestar de pocos; en muchos casos de los cuates del gobierno en turno. Lamentablemente, esto no ha cambiado. Cuando mucho, han cambiado los cuates, pero millones de mexicanas y mexicanos viven al día sin la certeza de que su calidad de vida se verá mejorada como fruto de su trabajo.

    

En la realidad pre-coronavirus, la mitad de la población vive en condiciones de pobreza. La mitad de las personas económicamente activas, con un Estado cómplice y que no intervino en evitarlo, no tienen derecho a seguridad social por laborar en la informalidad. La mitad de las personas no califican para recibir prestaciones que sus pares inscritos ante el IMSS o el ISSSTE si. Sin embargo, aunque tuvieran seguridad social, hoy millones de personas que han perdido su empleo no tienen garantía de un ingreso que les permita satisfacer sus necesidades más básicas por lo débil que es nuestro sistema de bienestar. 

La pandemia ha expuesto también la fragilidad de nuestro sistema de salud. Los hospitales no tienen ni el equipo ni las medicinas suficientes. Al personal del sector salud se le pide hacer milagros. También se ha puesto en descubierto que la salud mental no es un tema que le ocupe, en los hechos, a las autoridades.

    

En la normalidad pre-coronavirus, miles de jóvenes se quedan sin oportunidades de acceso a educación superior por falta de espacio en las universidades públicas. Millones más no encuentran trabajo y no encuentran caminos para construir su futuro.

No se invierte en el desarrollo de las comunidades, en el fortalecimiento del tejido social, ni en espacios públicos dignos y seguros: las unidades deportivas no permiten la recreación y el acceso a la cultura y el deporte se convierten en un bien de las y los que lo puedan costear. La inseguridad es parte de la “normalidad”. El transporte público es viejo, de mala calidad e insuficiente. 

Tampoco se entiende el tamaño del desastre ecológico y medioambiental que vivimos y se siguen presentando desastres naturales cada vez más fuertes, siendo los que menos tienen los más afectados y los más vulnerables.

El emprendimiento y acceso a capital para iniciar un negocio es un privilegio, y si se logra conseguir echar a andar un negocio, se navega contra viento y marea por las condiciones desfavorables de un mercado en el que las reglas las ponen las grandes empresas -que en muchas ocasiones evaden impuestos- y ahorcan a las micro, pequeñas y medianas empresas. No hay un Estado que sea garante de condiciones de competencia leal y que facilite a los grupos que históricamente han sido discriminados arrancar un nuevo negocio.

Los adultos mayores reciben pensiones que cada vez alcanzan para menos, y la generación que entró a trabajar con el nuevo sistema de pensiones, debe pensar en ahorrar para su retiro cuando el dinero a la gran mayoría le alcanza, literalmente, para vivir al día, si es que no se tienen deudas educativas o deudas contratadas para poder salir adelante.

En palabras del presidente, la familia se convierte, pues, en la “principal institución de seguridad social.” La presión es brutal: hay que satisfacer las necesidades de salud, vivienda, educación, alimentación, retiro, seguridad, recreación, movilidad, cuidados… todas esas que el Estado, al que le pagamos impuestos, debería procurar.

¿Cómo queremos salir de la pandemia? Tenemos dos opciones. Seguir con el estatus quo y la inercia a una sociedad cada vez más desigual -los empleos que más se han perdido son los que requieren un uso intensivo de mano de obra y no permiten “home office”, por ejemplo-, o plantearnos cambios profundos que dejen en claro que la economía debe servir a las personas y no al revés. Debemos reconocer la necesidad de diseñar una nueva normalidad.

Es momento de reconocer que los humanos somos más importantes que el dinero, y que debemos replantearnos el valor que le damos a cada una de nuestras vidas; las de todas y todos. El gobierno debe trabajar para garantizar y reconocer los servicios públicos de excelencia como lo que son: una inversión y no una carga más. 

Debemos abrir un serio debate sobre el posible establecimiento -pasando la crisis del encierro- de un Ingreso Básico Universal y la búsqueda de mecanismos para que las y los trabajadores puedan construir una vida estable y digna.

También debemos debatir mecanismos para reducir la brecha de desigualdad en nuestro país y de una vez por todas tener un serio debate sobre recaudación fiscal y el ejercicio del presupuesto en México.

Hoy más que nunca debemos impulsar los cambios necesarios para construir una sociedad con esperanza, anhelando el desarrollo y el bienestar de todas y todos. No hacerlo es seguir traicionando la confianza que hemos puesto en nuestra democracia y que millones más pusieron en este gobierno. 

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Jesús Chavoya Moya

Ocotlense. Economía Financiera.

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