Opinión

El prestigio del terror

Decisiones.- A veces pareciera que está de más hablar sobre la obsolescencia de métodos punitivos e impositivos dentro de la enseñanza, como si ya nadie considerara que es pedagógico humillar a los alumnos cuando se equivocan, someterlos a presiones o crearles inseguridades sobre sus capacidades académicas. Todo esto tiene olor a Siglo XX, sin embargo pasa, se replica, acepta y normaliza a través del pretexto de «prestigio» o «excelencia» en las escuelas.

    

La semana pasada resaltó el caso de Fernanda, una alumna del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) que se suicidó y el cual atrajo la discusión debido a los repetidos testimonios de estudiantes que denunciaban la falta de interés por parte de las autoridades educativas sobre la salud mental del alumnado, a su vez comenzaron a sumarse voces del profesorado, egresados e integrantes de otras comunidades educativas para señalar la urgencia de tomar acciones inmediatas, sobre todo en los procesos educativos que se viven dentro de las aulas.

Si algo llamó mi atención, más allá de la pronta organización que tuvo la comunidad universitaria del ITAM para manifestarse y hacerse oír, fue la reacción que muchas personas tuvieron ante el suceso, pues señalaban que era imposible responsabilizar a una institución educativa sobre la integridad emocional de sus alumnos e incluso que las presiones y humillaciones eran necesarias para hacernos entender que el mundo laboral es mucho peor. En pocas palabras que los centros de educación tienen todo el derecho a violentarnos.

    

Mucho del discurso que se articuló en favor de la «pedagogía del terror»sacaba a relucir la normalización de violencias sistemáticas que llegan a formar parte de la identidad institucional, como si fuera un logro decir que tu programa académico es tan severo que quiebra emocionalmente a tus estudiantes. Lo increíble eran los testimonios que confirmaban como se regocijaban maestros y autoridades ante el desgaste de sus alumnos, importando poco la insensibilidad que esto refleje.

A los testimonios del ITAM se siguieron los del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) y El Colegio de México (Colmex), instituciones públicas (a diferencia del ITAM) que gozan de prestigio en sus programas de licenciatura, maestría y doctorado. En las narraciones de los alumnos se describían ataques de pánico, ideaciones suicidas, así como cuadros de ansiedad y depresión que ponían en tela de juicio las razones por las que se consideraban instituciones ejemplares, puesto que se repetían las mismas prácticas violentas y antipedagógicas.

    

El caso de Fernanda abrió una grieta en la discusión pública que era necesaria para comenzar a hablar sobre la procuración de salud mental por parte de las instituciones educativas, una discusión que debió comenzar cuando se le otorgó el mote de «enfermedad del Siglo XXI» a la depresión.

Todavía queda pendiente la reacción de otras instituciones, tanto públicas como privadas, sobre las prácticas y concepciones que se tienen sobre la enseñanza. Debe quedarnos grabado que el terror no es un recurso admisible dentro de la educación, que no es normal entender a las universidades como entornos hostiles y mucho menos justificarlas porque “así es el mundo allá afuera”. No nos acostumbremos a la violencia de un sistema que nos entiende como entes funcionales para satisfacer una producción, resistamos hasta que la dignidad se haga costumbre.

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Ángel Rolón

Soy de un pueblo tan grande que nos lo hicieron ciudad. Transcribo ideas y junto letras para hacer catarsis. Habito la política para hacer que el futuro sea posible y estudio para ser psicólogo.

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